El fracking causa terremotos: la evidencia de Science, PNAS y el USGS que la industria petrolera prefiere ignorar

La acumulación de evidencia geofísica ya no deja margen para la duda: los estudios publicados en las revistas Science y PNAS, junto a los informes del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), certifican que la inyección profunda de fluidos de la industria petrolera desestabiliza fallas geológicas preexistentes y dispara sismos reales. De Oklahoma a Groningen —donde Shell y ExxonMobil debieron pagar por los daños— y con Venezuela como telón de fondo urgente, la investigación de Daniel Romero recorre el mapa global de la sismicidad inducida.

Tres datos que el mundo necesita conocer:

  • Oklahoma pasó de 1 sismo por año a superar a California en cantidad de temblores anuales, coincidiendo con la proliferación de pozos de inyección de agua residual petrolera. Publicado en la revista Science, con datos del USGS.
  • En Groningen (Países Bajos), Shell y ExxonMobil debieron abonar compensaciones que superaron los miles de millones de euros a propietarios cuyos hogares resultaron dañados por sismos causados durante décadas de extracción de gas natural.
  • Venezuela —el país con las mayores reservas petroleras probadas del mundo— registra reciente actividad sísmica en una región de masiva explotación de crudo pesado que requiere la inyección intensiva de fluidos a alta presión.

Por décadas, la relación entre la extracción de hidrocarburos y los movimientos de la tierra fue confinada al terreno de las «teorías conspirativas» o las denuncias de comunidades aisladas que las empresas desestimaban con comunicados corporativos. Ese tiempo terminó. La acumulación de evidencia geofísica ha obligado a los organismos reguladores más rigurosos del mundo —entre ellos el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) y las publicaciones científicas más exigentes del planeta— a aceptar una realidad que la industria petrolera prefiere ignorar: la explotación moderna de hidrocarburos tiene la capacidad comprobada de alterar los esfuerzos mecánicos del subsuelo y gatillar terremotos reales.

El fenómeno no es exclusivo de ninguna región ni de ningún modelo de desarrollo energético. Los datos, publicados en las revistas más irrefutables de la ciencia internacional, trazan un mapa que va de Norteamérica a Europa Occidental, y que la reciente actividad sísmica en Venezuela —la nación con las mayores reservas de petróleo del planeta— obliga a releer con urgencia.

El verdadero culpable: no es la perforación, es la inyección de fluidos

Existe una confusión generalizada en la opinión pública que suele culpar al fracking —la fracturación hidráulica— de cada temblor en zonas petroleras. Los científicos del USGS son precisos: si bien el fracking puede generar microsismicidad de muy baja intensidad durante las horas en que se fractura la roca, el principal causante de los terremotos de magnitudes considerables es otro proceso: la inyección profunda de aguas residuales o de otros fluidos a alta presión en capas de roca porosa situadas a kilómetros de profundidad.

Cuando se extrae petróleo o gas, se extrae también una enorme cantidad de agua salada altamente contaminada y mezclada con químicos de producción. Para deshacerse de este fluido de desecho de forma económica, las empresas lo bombean a presiones extremas hacia el subsuelo. El proceso fue documentado exhaustivamente por investigaciones globales publicadas por medios como The Guardian.

La física es inapelable: el fluido inyectado eleva de manera drástica la presión intersticial de los poros en la roca profunda. Este incremento actúa exactamente como un lubricante sobre fallas geológicas preexistentes que ya se encontraban bajo estrés tectónico natural. Al disminuir la fricción que mantenía unida la falla, esta resbala bruscamente y libera la energía acumulada durante siglos en forma de terremoto. Un procedimiento que le ahorra costos de disposición a una empresa petrolera se convierte en el detonador de un fenómeno que comunidades enteras pagan con sus hogares, su infraestructura y su salud.

Oklahoma, Groningen y Venezuela en el mapa global de la sismicidad inducida — la ciencia que conecta los pozos de inyección con los terremotos reales

Por Daniel Romero — En Orsai

Tres datos que el mundo necesita conocer:

  • Oklahoma pasó de 1 sismo por año a superar a California en cantidad de temblores anuales, coincidiendo con la proliferación de pozos de inyección de agua residual petrolera. Publicado en la revista Science, con datos del USGS.
  • En Groningen (Países Bajos), Shell y ExxonMobil debieron abonar compensaciones que superaron los miles de millones de euros a propietarios cuyos hogares resultaron dañados por sismos causados durante décadas de extracción de gas natural.
  • Venezuela —el país con las mayores reservas petroleras probadas del mundo— registra reciente actividad sísmica en una región de masiva explotación de crudo pesado que requiere la inyección intensiva de fluidos a alta presión.

Por décadas, la relación entre la extracción de hidrocarburos y los movimientos de la tierra fue confinada al terreno de las «teorías conspirativas» o las denuncias de comunidades aisladas que las empresas desestimaban con comunicados corporativos. Ese tiempo terminó. La acumulación de evidencia geofísica ha obligado a los organismos reguladores más rigurosos del mundo —entre ellos el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) y las publicaciones científicas más exigentes del planeta— a aceptar una realidad que la industria petrolera prefiere ignorar: la explotación moderna de hidrocarburos tiene la capacidad comprobada de alterar los esfuerzos mecánicos del subsuelo y gatillar terremotos reales.

El fenómeno no es exclusivo de ninguna región ni de ningún modelo de desarrollo energético. Los datos, publicados en las revistas más irrefutables de la ciencia internacional, trazan un mapa que va de Norteamérica a Europa Occidental, y que la reciente actividad sísmica en Venezuela —la nación con las mayores reservas de petróleo del planeta— obliga a releer con urgencia.

El verdadero culpable: no es la perforación, es la inyección de fluidos

Existe una confusión generalizada en la opinión pública que suele culpar al fracking —la fracturación hidráulica— de cada temblor en zonas petroleras. Los científicos del USGS son precisos: si bien el fracking puede generar microsismicidad de muy baja intensidad durante las horas en que se fractura la roca, el principal causante de los terremotos de magnitudes considerables es otro proceso: la inyección profunda de aguas residuales o de otros fluidos a alta presión en capas de roca porosa situadas a kilómetros de profundidad.

Cuando se extrae petróleo o gas, se extrae también una enorme cantidad de agua salada altamente contaminada y mezclada con químicos de producción. Para deshacerse de este fluido de desecho de forma económica, las empresas lo bombean a presiones extremas hacia el subsuelo. El proceso fue documentado exhaustivamente por investigaciones globales publicadas por medios como The Guardian.

La física es inapelable: el fluido inyectado eleva de manera drástica la presión intersticial de los poros en la roca profunda. Este incremento actúa exactamente como un lubricante sobre fallas geológicas preexistentes que ya se encontraban bajo estrés tectónico natural. Al disminuir la fricción que mantenía unida la falla, esta resbala bruscamente y libera la energía acumulada durante siglos en forma de terremoto. Un procedimiento que le ahorra costos de disposición a una empresa petrolera se convierte en el detonador de un fenómeno que comunidades enteras pagan con sus hogares, su infraestructura y su salud.

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La evidencia científica en el mapa global

La transformación sísmica de regiones geológicamente estables es el argumento más sólido que tiene la ciencia. Los siguientes casos documentan la sismicidad inducida mediante datos publicados en las revistas científicas más prestigiosas y en los registros de los organismos reguladores más rigurosos del planeta:

1. Oklahoma (EE. UU.) — El caso que obligó a reescribir los manuales

Hasta 2008, el estado de Oklahoma promediaba menos de un sismo de magnitud 3.0 o superior por año. Una región del interior continental de los Estados Unidos, sin historial sísmico significativo. Con el auge de la explotación no convencional y la proliferación de pozos de inyección profunda de agua residual, la sismicidad se disparó de forma exponencial hasta superar temporalmente a California en cantidad de temblores anuales. El cambio fue tan abrupto y masivo que ya no admitía ninguna explicación natural.

El dato de la revista Science: Un estudio histórico liderado por investigadores de la Universidad de Cornell y publicado por la revista Science demostró que un enorme enjambre sísmico que afectó a casi 2.000 kilómetros cuadrados del centro del país fue provocado en gran parte por apenas cuatro pozos de inyección de altísimo volumen, que bombeaban cerca de 5 millones de barriles de fluido de desecho por mes y alteraban las presiones del subsuelo a distancias de hasta 35 kilómetros del punto de origen. Cuatro pozos. Un radio de 35 kilómetros. El dato habla solo.

El mayor sismo vinculado formalmente a la inyección de fluidos en la región ocurrió en septiembre de 2016 en Pawnee, Oklahoma, con una magnitud de 5.8, precedido por un evento de magnitud 5.7 en 2011 que dañó viviendas y estructuras. Los registros completos están en los datos públicos del USGS.gov.

2. Groningen (Países Bajos) — Cuando Shell y ExxonMobil tuvieron que pagar

El caso del campo de gas natural de Groningen, en el norte de los Países Bajos, es el más significativo para la opinión pública mundial porque resolvió una pregunta que la industria petrolera siempre intenta esquivar: ¿quién paga los daños? En Groningen, la respuesta fue jurídicamente inequívoca y económicamente devastadora para las corporaciones involucradas.

La empresa conjunta NAM (Nederlandse Aardolie Maatschappij), participada en partes iguales por Shell y ExxonMobil, explotó el campo de Groningen desde la década de 1960, convirtiéndolo en el mayor yacimiento de gas natural de Europa Occidental. Durante décadas, los habitantes del norte de los Países Bajos convivieron con una sismicidad creciente que las autoridades inicialmente minimizaban. El terremoto de Huizinge en 2012 —el mayor registrado en la historia sísmica de Groningen— fue el punto de inflexión: miles de edificios históricos dañados, comunidades enteras con grietas en sus muros y una ciudadanía que ya no aceptaba las explicaciones corporativas ni las gubernamentales.

Las investigaciones científicas posteriores, coordinadas por el Instituto Real Meteorológico de los Países Bajos (KNMI), establecieron la correlación directa entre los volúmenes de extracción de gas y la frecuencia e intensidad de los sismos. El gobierno holandés ordenó la reducción progresiva de la producción y, finalmente, el cierre definitivo del campo. Shell y ExxonMobil debieron abonar compensaciones millonarias a miles de propietarios cuyos hogares resultaron dañados. Groningen demostró algo que las petroleras no quieren que se generalice: la sismicidad inducida tiene responsables identificables, y esos responsables pueden ser llevados ante los tribunales y condenados a pagar.