Los recursos naturales: eje de las disputas geopolíticas en la región
La incursión directa de los Estados Unidos en Venezuela muestra que la disputa por los recursos naturales de la región está más caliente que nunca. Argentina debería tener una postura propia que permita aprovechar resquicios que deja la guerra fría entre los dos polos de poder global.
La actualidad candente que atraviesa América Latina obliga a analizar el papel de los recursos naturales como lazo con los centros de poder mundial. La última agresión de Estados Unidos hacia Venezuela y el arresto de su presidente, Nicolás Maduro, fue justificada por Donald Trump con el objetivo de obtener petróleo. Esto pone una vez más a la región en el medio de una disputa estratégica.
La economía de Venezuela siempre fue extremadamente dependiente de sus exportaciones petroleras a Estados Unidos. En un punto, de la misma forma que la economía argentina se organizó alrededor de las exportaciones de productos agropecuarios al Reino Unido en el siglo XIX, Venezuela lo hizo con el petróleo hacia Estados Unidos en el siglo XX. Este proceso no estuvo exento de idas y vueltas, como la nacionalización y conformación de PDVSA en los años setenta, en el contexto de la crisis del petróleo.
Aun en el auge chavista, Venezuela le seguía exportando más de 90% de su petróleo a Estados Unidos, representando casi el único rubro exportador de ese país. Se trató de ampliar los clientes con Petrocaribe y países de otras regiones (entre otros con China) pero la dependencia seguía. Un delgado hilo permitía las nacionalizaciones, las disputas con “los yankees”, proyectos alternativos como el ALBA, pero hasta 2013 nunca se terminó de romper la relación con el vecino del norte.
En esos años donde cae enfermo Chávez, bajan los precios de los commodities, asume Maduro y se empieza a romper algo. De a poco, Venezuela se transformó en un agujero negro que desestabilizaba la región. Maduro ya no atendía a los aliados internacionales, no se pagaban las cuentas, hubo un tendal de heridos (entre los que se cuentan Sancor, que nunca se terminó de levantar) y el gobierno se endureció de una forma que no se vio en otros lados. Si bien todos las administraciones progresistas de la región tuvieron sus conflictos (como no podía ser de otra forma), intentos desestabilizadores e incluso golpes de Estado, como los que vivieron Dilma en Brasil y Evo en Bolivia, nunca se dejaron llevar a los extremos donde terminó Venezuela.
¿Qué pasó para que la Venezuela de Chávez, inspiradora para toda la región y clave en acontecimientos como el “No al ALCA”, se transforme en un problema para el progresismo latinoamericano? La ofensiva de Estados Unidos, cerrando definitivamente sus importaciones y bloqueando económicamente al país a partir de 2015 fue decisiva. La cuestión en todo caso es pensar si era posible evitar tal nivel de confrontación, que terminó derrumbando a la economía venezolana y erosionando el apoyo popular a un gobierno que empezó a tomar ribetes autoritarios.
Intervención
Nada de lo anterior justifica la intervención de Estados Unidos. Nunca una intervención exterior puede ser mejor a una resolución interna de los problemas. En todo caso, la novedad de esa intervención es que explicita un proyecto de Trump para la región y no deja dudas de que esta política agresiva podría extenderse a otros países, como Cuba y Colombia.
Esta nueva Doctrina Monroe ya no se aplica tanto a los europeos sino a China, la nueva potencia global que es un socio comercial privilegiado de muchos países de la región. A partir de 2010 se dio la primera oleada de inversiones chinas en sectores relevantes para lograr abastecimiento de recursos naturales, como petróleo y minería, pero también en infraestructura local. Ante la caída de precios internacionales de los commodities, esto funcionó como un aliciente para las necesidades de divisas de los países latinoamericanos.
China hizo el mismo procedimiento en África, desplazando a los europeos como principales socios de la región y transformando el continente en un reservorio de recursos naturales para las necesidades del Gigante asiático. Muchos países africanos empezaron a crecer de forma importante, con conflictos de todo tipo, pero dándose un traslado de poder en lo que muchos llaman “Chináfrica”. Eso mismo es lo que Estados Unidos quiere evitar en el caso latinoamericano. El grave problema en este caso, como ya lo mencionamos en una nota anterior publicada el 14 de diciembre, es que no es posible concretar lo que se propone Estados Unidos sin un proyecto productivo para la región.
Desde que Estados Unidos es potencia global, salvo en algunos casos puntuales, se configuró una economía autosuficiente que no requiere de los recursos naturales de la Argentina, como los necesitaba en su momento el Reino Unido y ahora China.
De hecho, quedan dudas sobre la necesidad que tiene Estados Unidos del petróleo venezolano y se especula que el objetivo es que China no meta un pie en ese país. Ese mismo problema fue lo que justificó las políticas de industrialización por sustitución de importaciones en nuestra región: Prebisch ya lo decía claramente en su “manifiesto” de 1949: si Estados Unidos solo importa 4% de su PIB, América Latina no va a poder resolver su desarrollo económico exportando materias primas.
Bloqueo, parte 2
Es un caso en el cual la política exterior de Estados Unidos no deja que nadie invierta en la región y a la vez Estados Unidos no está interesado en invertir en la región. La lista negra de empresas chinas que no podían invertir se empezó a diseñar con aquella disputa por el 5G de 2017, en la cual se mostraba a Huawei como un monstruo que trabajaba para el Ejército Rojo.
Desde entonces esa lista se fue ampliando a casi todas las empresas públicas chinas, que son básicamente las principales inversoras del “go out policy” que lleva adelante el gobierno oriental. De esa forma, se fueron frenando la construcción de las centrales nucleares y tantos otros proyectos que Argentina tenía con China, sin que Estados Unidos ofreciera nada a cambio.
Estados Unidos necesita tener el control de la situación en la región, aprovechando su superioridad militar, pero careciendo de un proyecto productivo concreto. El control de la economía es un concepto que estaba muy presente en la teoría de la dependencia. Bajo este paraguas conceptual, las relaciones de poder y de dominación entre los países era un factor clave.
Las perspectivas para los gobiernos progresistas de la región parecen estrecharse en el contexto de violencia desatada por el gobierno de Estados Unidos. Como hace mucho no pasaba, la ley del más fuerte ya se presenta sin límites y el castigo a Venezuela es un ejemplo para el resto del continente que, en los últimos años, se mostró rebelde ante la voluntad del vecino del Norte. No obstante, es muy poco probable que se puedan revertir las tendencias de los flujos comerciales de los últimos años, que ubican a China entre los principales socios de todos los países sudamericanos.
Aprovechar las oportunidades
Como sostenía Scalabrini Ortiz en los años treinta del siglo pasado, esa relación triangular no debe llevar a los gobiernos de la región a elegir un campo, sino a aprovechar la oportunidad para lograr mayores grados de libertad que otorgan esos procesos y reforzar su soberanía nacional. Sin dudas, el desfasaje entre el poder militar y la voluntad de dominación de Estados Unidos y la realidad económica donde prima la relación con China deja hendijas a través de las cuales un gobierno popular debe construir poder soberano.
El control de los recursos naturales es sin dudas una de las claves de la disputa tal como lo concibe hoy Estados Unidos, y ese control pasa por la articulación de la cadena de valor, más que el recurso en sí. Para controlar una cadena de valor a veces solo hace falta manejar su comercio, como lo hacen los grandes traders de granos o de petróleo, su logística (como los ferrocarriles en tiempos de Scalabrini) o controlar los precios internacionales a través de los mercados financieros como Chicago.
De hecho, durante el boom de commodities, la intelectual china Yan Hairong decía que “China compra soja, Sudamérica produce soja, pero es Estados Unidos el que la vende”, dando a entender que la trama de la dependencia china en esa materia prima se ubicaba en los traders.
Al manejar el comercio mundial, también controlaba sus instituciones, como quedó bien claro en la “batalla por el poroto” de 2004 en el cual un default de las aceiteras chinas fue sancionado en Londres y estas fueron recompradas por las transnacionales occidentales.
Ese juego grande es sin dudas el que más le interesa a Estados Unidos. La pregunta es si eso puede dejar espacio para que nuestra región controle sus propios recursos, si es que las empresas norteamericanas no están interesadas en explotarlos directamente.
¿A Estados Unidos no le convendría más una empresa pública de minería antes que inversiones chinas? Este tipo de preguntas son las que nos debemos hacer teniendo en cuenta las circunstancias y la especificidad de los sectores. Creemos que sigue existiendo espacio para un mayor control nacional de los recursos naturales, dando lugar en particular a empresas públicas que, al fin y al cabo, es como se materializa legalmente la soberanía.





