La derecha argentina se quedó anclada en 1989, ya no sintoniza con lo que hace «el mundo».

Es una de esas escenas del cine que perduran en el tiempo. Es abril de 1912. En el cielo del Atlántico Norte se ven tantas estrellas que parecen estar una pegada junto a la otra. El barco más grande del mundo navega rumbo a Nueva York. Había salido cuatro días antes del puerto Queenstown, Irlanda.

En la cubierta, a metros del puente de mando, está parado el capitán. Es un hombre de barba blanca estilo Papa Noel. Sonríe y le dice a un joven marinero parado a su lado: “Póngalo a máxima velocidad”. Al marinero le sale vapor por la boca al hablar por el frío gélido. Contesta: “Corremos el riesgo de no divisar los icebergs a tiempo, señor”. El capitán hace unos segundos de silencio. “Póngalo al máximo”, reitera. El resultado es conocido: unas horas después el Titanic chocará contra un iceberg y terminará hundiéndose en el océano.

La derecha argentina tiene un razonamiento muy parecido al del capitán del Titanic de la película de James Cameron. Las señales que indican que varios icebergs están cerca se multiplican y el presidente Javier Milei, como a él le gusta, decide acelerar.

Siempre queda la duda de si son fracasos o si en realidad el objetivo de la derecha explícitamente es hacer de la Argentina un país más subdesarrollado: sin industria, sin ciencia, sin universidad pública, sin cine, sin clase media. Una gran estancia que produzca granos, gas, petróleo, minerales, con 50% de pobres estructurales y estabilidad monetaria.

Las mismas ideas y dogmas fracasados se repinten como si fueran algo nuevo. Federico Sturzenegger festejó en su cuenta de X el anunció de la privatización de las hidroeléctricas del Comahue, en la Patagonia. Producen entre el 15 y el 20% de la energía del país. Como siempre, la inversión de riesgo que fue construirlas, la difícil, la hizo el Estados, el conjunto de la sociedad. Ahora un grupo de empresas locales se quedará con el negocio. Los medios del establishment celebraron a coro la noticia. “El gobierno tendrá 685 millones de dólares para las reservas”. Si no fuera tan grave, podría ser un chiste. Solamente el 19 de septiembre de este año, luego de la derrota electoral que había sufrido La Libertad Avanza en la Provincia de Buenos Aires, el gobierno de Milei vendió-sólo ese día-678 millones de dólares para sostener el precio del dólar y la fuga de capitales de los amigos del ministro Luis Caputo. Sólo en un día reventaron lo que ahora reciben por las hidroeléctricas, que son un resorte estratégico que ningún país periférico serio deja en manos del sector privado.

La ceguera sigue. En las redes sociales, donde se libra en esta época el debate político, el libertario Juan Ignacio Fernández, que asumirá  en lugar de Manuel Adorni en la Legislatura porteña, opinó sobre el cierre de la fábrica Whirpool, en Pilar, que dejó sin trabajo a 220 personas: “Si una empresa necesita una economía hipercerrada para funcionar y cobrarte todo más caro que en el resto del mundo, su cierre es algo virtuoso para la sociedad”. En la misma sintonía opinó el economista Miguel Boggiano, asesor de Milei: “220 pierden el empleo, pero 800 mil compran lavarropas más baratos”. El tema es que Whirpool no es un hecho aislado. Desde que asumió Milei cerraron 13 mil empresas sólo en la Provincia de Buenos Aires por el combo letal de haber transformado a la Argentina en uno de los países del mundo más caros en dólares, con tarifas europeas, salarios latinomericanos, y una apertura comercial sin control. Esos 800 mil de los que habla Boggiano también van rumbo a perder el empleo.

Las ideas de Boggiano, de Fernández, de Milei, se quedaron en el tiempo. Son viejas. No sintonizan con lo que pasa en el mundo. Esta es la gran diferencia entre el menemismo y esta copia trucha que gobierna hoy.

Un estudio realizado por el Laboratorio de Presupuesto de la Universidad de Yale en julio de este año indica que Estados Unidos gobernado por Donald Trump tiene los aranceles más altos desde 1934. Otro dato: el parlamento francés rechazó por unanimidad el acuerdo Unión Europea-Mercosur. ¿Qué quiere decir esto? Que “el mundo”, que en la visión tradicional de la derecha argentina se reduce a EE UU y algunos países de Europa, está haciendo lo contrario de lo que hace Milei. Estados Unidos protege. Utiliza los aranceles para cuidar a la industria y los subsidios monetarios para el sector agrícola. Habría que mandar a Boggiano, Sturzenegger, Fernández y Milei a Washington, para que repitan como loros que cuidar la industria local atenta contra el país y ver cómo hacen el ridículo.

EE UU era aperturista cuando esa política no implicaba una desindustrialización masiva en su territorio. Ahora que China produce más, mejor y más barato, se volvieron proteccionistas. Este razonamiento pragmático resulta imposible para la derecha argentina que se quedó anclada en 1989, si hasta hablan de comunismo. Es ahí donde está el germen del fracaso de Milei. El iceberg se divisa: es el desempleo masivo por destruir intencionalmente al sector que genera casi la mitad del empleo privado formal en la Argentina. Milei acelera. «