Los equipos de relevamiento y análisis que funcionaban en el Ministerio de Defensa encontraron documentos que permitieron probar que el represor Adolfo Donda estaba en la ESMA cuando su cuñada dio a luz, pese a que él lo negaba.

El exmarino Adolfo Donda fue condenado en marzo a quince años de prisión por haber participado de la apropiación de su sobrina Victoria Donda, que nació en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en agosto de 1977. Gran parte de su defensa estuvo centrada en negar haber estado entonces en ese campo de concentración de la Marina. Sin embargo, los Equipos de Relevamiento y Análisis (ERyA) documental –que desmanteló Luis Petri días después del veredicto– fueron fundamentales para demostrar que en esa fecha ya operaba en el centro clandestino de Avenida del Libertador. Su aporte fue destacado por el Tribunal Oral Federal (TOF) 6, que la semana pasada dio a conocer los fundamentos por los que sentenció a Adolfo Donda.

Adolfo Donda y José María Laureano Donda eran hermanos. Quienes los conocieron decían que eran muy parecidos, prácticamente iguales, solo que Adolfo era más petiso. No eran las únicas diferencias. Tenían otras más profundas: Adolfo era oficial de la Marina y José María Laureano era militante montonero.

En los ámbitos militantes, a José María Laureano lo conocían como “Pato”. El 7 de marzo de 1975, Pato se casó con María Hilda Pérez, a quien llamaban “Cori”. Tres días antes del golpe de Estado, nació la primera hija de la pareja, Eva Daniela. Era 1976, y Pato y Cori eran clandestinos.

A principios de 1977 –en enero o marzo–, sus familias los vieron por última vez. Se habían reunido en Luján. La abuela materna pidió que le dejaran a la nena. Para entonces, Cori ya estaba embarazada de su segunda hija. El 28 de marzo de 1977, un grupo de tareas de la Aeronáutica la secuestró y la llevó a la comisaría de Castelar. Al tiempo, fue trasladada a la ESMA –donde su cuñado era un “rotativo”.

Lila Pastoriza se encontró con ella en la zona de “capucha” de la ESMA –donde los secuestrados permanecían tirados sobre unas colchonetas. Cori la saludó y le dijo que su marido estaba secuestrado en una comisaría.

Lisandro Cubas jugaba al rugby con Pato cuando eran chicos. Después la afición por el deporte cedió lugar a la pasión por la política. Tras años sin verse, se reencontraron en una reunión que la organización Montoneros hizo en la zona de Morón. Pato le presentó a su compañera, Cori. Con ella, Cubas volvió a verse en la ESMA. Como los marinos sabían que se conocían, lo llevaron a él a “visitarla” a la sala de las embarazadas.

Ana María Martí les hacía compañía a Cori y a otra embarazada en esa pieza. Estaban sentadas en un camastro conversando cuando la puerta se entreabrió y apareció un oficial de la Marina con uniforme blanco. Con su panza a cuestas, Cori se levantó y fue a hablarle. Volvió a los pocos minutos. “Es mi cuñado, Donda”, les explicó. De alguna manera, les dijo que se sentía más tranquila después de haberlo visto.

Cuando empezó con el trabajo de parto, fue Lidia Vieyra quien la acompañó. Le tomó la mano y le dio fuerzas. Cori dio a luz a su beba sobre una mesa de madera. La asistió el ginecólogo Jorge Luis Magnacco. A Lidia le quedó grabada la frialdad del médico. Cori le pasó un hilito azul por la oreja a su bebé para que la familia pudiera identificarla.

En la ESMA, había un ritual para cada uno de los nacimientos. El prefecto Héctor Febres llegaba con un moisés de lujo y les pedía a las parturientas que escribieran una carta a sus familias que llegaría a sus manos junto con el bebé. Sara Solarz de Osatinsky estuvo allí cuando Cori escribió la suya. “Ella se la escribió a su mamá”, recordó. 

Cori y la beba –a la que llamó Victoria– estuvieron juntas unos quince días. La Fuerza Aérea fue a buscar a la mujer y nunca más se supo de ella. La chiquita quedó unos días más en el campo de concentración. Con el tiempo se supo que se la había llevado otro prefecto, Juan Antonio Azic, que también era parte del grupo de tareas de la ESMA.

Las excusas del genocida

Al juicio por la sustracción de su sobrina, Adolfo Donda llegó purgando dos condenas a prisión perpetua –impuestas en 2011 y en 2017. No podía negar que había sido el jefe de operaciones del grupo de tareas 3.3.2, pero sí decía que no había estado allí cuando Cori estuvo secuestrada.

En agosto de 1980, Donda había hecho un reclamo administrativo para que lo hicieran ascender en el escalafón. “Desde el año ‘79 cumplo funciones en el GT 3.3; durante el año 1977 presté funciones como oficial de inteligencia del área conjunta 400 y durante el año 1976 en reiteradas oportunidades me desempeñé en el GT 3.3 en comisión”, escribió entonces.

Ante el TOF6, Donda ensayó una serie de excusas para mostrarse ajeno a la suerte de su cuñada y de su sobrina, que habían estado en la ESMA –donde él era uno de los oficiales más temidos. Les dijo a los jueces Ricardo Basílico, Gabriela López Iñíguez y Daniel Obligado que él había intentado sacar a su hermano y a su cuñada del país, pero que ellos no quisieron. Contó, además, que les había informado a sus superiores el “problema familiar que tenía”.

La caracterización del familiar preocupado no se condice con lo que recuerdan los sobrevivientes. “Nadie tiene privilegios. Mi cuñada estuvo acá”, le soltó Donda a Enrique “Cachito” Fukman un día en que fue a hablarle a la “pecera”, el espacio de oficinas donde algunos secuestrados eran forzados a hacer trabajo intelectual para el grupo de tareas.

A otras sobrevivientes les preguntó si sabían qué había sido de su sobrina. “Nos sorprendió a todas que él preguntara si sabíamos dónde estaba la bebé”, declaró Lila Pastoriza. “No creíamos que ignorara lo que había pasado. Si decía eso era para confundir la situación”.

Las pruebas

Los ERyA del Ministerio de Defensa enviaron un informe al TOF6 en el que detallaban que no se encontraron asientos de las comisiones de Donda en el GT 3.3 –que él mismo declaraba.

Pero, el principal aporte fue encontrar que él calificó en agosto de 1977 –justo cuando nació su sobrina– a tres marinos: Ángel Giacossa, Crispiano Claderón y Ambrosio Ávila. Si los califica quería decir que Donda estaba en la ESMA.

El abogado Guillermo Fanego, defensor de Donda, dijo que a veces hay “errores humanos” en los legajos o que posiblemente su defendido firmó esas calificaciones porque sus antecesor no lo habían hecho. El TOF6 no le creyó. Para los jueces estaba claro que Donda estuvo ahí, que supo qué pasó con su cuñada y que no podía llevar a la beba de nuevo a su casa. Para los magistrados, Donda se ocupó de que la chiquita quedara en manos de un integrante del grupo de tareas para mantener un control y conocimiento sobre la vida de la niña.

La defensa de Donda calificó el informe del ERyA del Ministerio de Defensa como mendaz. Lo cierto es que a Donda lo condenaron el 4 de marzo. Veinticuatro días después, Petri –que sostiene que las Fuerzas Armadas fueron demonizadas por su actuación durante los años ‘70– echó a la mayoría de los expertos que habían contribuido a su condena.