La escritora habló con Télam sobre su más flamante libro, «Bastarda», en el que repasa en clave de ficción toda su vida, incluido el turbulento romance entre ambos próceres. «Para ella, su amante más lujuriosa fue la libertad, la causa patriota, la América», afirmó.

En su nuevo libro «Bastarda», la escritora Florencia Canale -best seller de la novela histórica romántica- continúa la saga de mujeres díscolas y rupturistas, con la vida de la prócer independentista Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru, ecuatoriana de nacimiento y guerrera revolucionaria, que compartió con el caudillo venezolano Simón Bolívar un vínculo sentimental y los ideales libertadores que permitieron la emancipación de gran parte del continente.

«Yo digo que Bolívar fue el amante de Manuela Sáenz, y no al revés. Para ella, su amante más lujuriosa fue la libertad, la causa patriota, la América», dice Canale en una entrevista con Télam en referencia a la heroína de su más flamante libro (Editorial Planeta), en el que repasa en clave de ficción toda su vida, incluido el turbulento romance entre ambos próceres.

En su libro, Canale utiliza el ardid sentimental para iluminar la historia de esta hija ilegítima de un funcionario español casado y una quiteña rebelde, -de ahí el contundente título-, cuya labor fue decisiva a la hora de liberar Perú de las manos españolas, mientras tuvo que soportar las descalificaciones por atreverse a empuñar armas y discutir tácticas de guerra.

Con el subtítulo de «Manuela Sáenz, amor y desmesura de Simón Bolívar», la novela se zambulle en la vida de esta revolucionaria que deslumbraba por su belleza, una mujer indomable y desprejuiciada, a la que no le temblaba el pulso por acudir al campo de batalla, en el complejo escenario de las luchas por la independencia de la región.

La historia de la América independentista tardó en incluirla en su nómina de próceres: como era de esperar, Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru fue resistida por sus contemporáneos, atrapada bajo la etiqueta de «amante de Simón Bolívar», un estigma que durante poco más de un siglo invisibilizó su gesta patriótica.

Y no sucederá hasta la página 293 de «Bastarda» que Manuelita y Bolívar se conozcan en un baile, luego de la batalla de Quito que liberó al Ecuador, en 1822, y comiencen un apasionado y turbulento romance. Porque Canale se ocupa de recuperar en detalle la vida de esta mujer criada en convento, de donde la expulsaron por tener un amorío, y que luego accedió a un matrimonio arreglado por indicación de su padre, para acallar el qué dirán.

Si bien fue de Bolívar compañera de luchas, consejera política y amante se había abrazado a la causa patriótica mucho antes de conocerlo, y no titubeaba en pedir la pena máxima a quienes osaran traicionar a la naciente patria. Bolívar le confirió el título de «la Libertadora del Libertador» luego de que ella salvara su vida pero tras la muerte del caudillo venezolano, «la Sáenz» fue desterrada a Jamaica primero y a un puerto de Perú después, donde murió en 1856.

En su nuevo libro Bastarda Canale contina la saga de mujeres dscolas y rupturistas Foto Paula Ribas

En su nuevo libro «Bastarda», Canale continúa la saga de mujeres díscolas y rupturistas / Foto: Paula Ribas.

-¿Cómo llegaste al personaje de Manuela Sáenz, conocida como «la amante de» Simón Bolívar?
Por supuesto que fue la amante pero eso es achicarla, ella ya era Manuela Sáenz antes de conocerlo a él, o sea que no necesita de él para ubicarse en un lugar. La conocía porque es una de las mujeres más relevantes del proceso independentista en América del sur, o sea que me había llamado la atención a pesar de no ser argentina, y pensando sobre qué quería escribir miré un poquito más y me dije ‘definitivamente tiene que ser ella’ por todo lo que había hecho y porque me parece fundamental su performance dentro de ese proceso. La historia no hubiera sido lo mismo sin su presencia. Incluso la historia de los Libertadores de América no hubiera sido la misma sin la presencia de ‘la Libertadora’, como la llama Bolívar. La pongo a la altura de los libertadores.

-¿Simón Bolívar la nombra «la libertadora» cuando ella le salva la vida?
Claro. Dos veces ella le salvó la vida. La primera en una gala que se hace en un teatro, en una fiesta de disfraces, aunque él no le presta demasiada atención, porque en ese momento se la había querido sacar de encima, porque ella era mucha mujer, muy intensa. Pareciera que de un tiempo a esta parte tiene mala prensa la intensidad. Él le decía «Manuela, mi loca», supongo que amorosamente, mi loca entre comillas, porque él también era un tipo desmesurado. Bolívar y Manuela chocan los planetas porque son bastante parecidos. Luego, en la segunda oportunidad ella definitivamente le salva la vida porque iban a buscarlo para matarlo y ella le abre la ventana para que escape, e incluso pone el cuerpo para recibir el sablazo, y aunque no la hieren la fajan.

-El romance de ellos dos se da en el contexto del sueño de la Gran Colombia, y los conflictos internos entre Ecuador, Perú, Venezuela. Ese escenario tan complejo ¿se refleja en el vínculo entre ellos?
Por supuesto que ese territorio tan convulsionado tiene que ver con lo que les pasa. Bolívar comienza a ser persona no grata y el enemigo ya no eran los realistas sino los propios. Él tenía el sueño de la patria grande y empieza a caer en la realidad, empiezan a señalarlo como un dictador, un tirano, y ocurre el descenso casi inevitable del poder. El proceso independentista de la Gran Colombia, del Alto Perú era completamente diferente al de Buenos Aires, era un quilombo, nosotros estamos acostumbrados a algo bastante más lineal. Allá era un ida y vuelta constante, traición, cambio de bando. En algún momento Bolívar pudo aplacar todo eso pero duró poco.

-Manuela Sáez fue hija de una mujer ecuatoriana y de un español que estaba casado ¿Ese nacimiento ilegítimo representó un designio en su vida?
-Sí, los Aizpuru eran una familia «bien», ecuatoriana, pero su madre es también una provocadora, una mujer que hace lo que se le antoja y tiene una hija con un señor casado, Sáez, y de ellos nace esta niña con esa mezcla de sangres y la ilegitimidad como marca, como motor, me parece a mí, que la lanza a ser un bólido de fuego, en demostrar que ella es mucho más que una ilegítima. Busca demostrarse y demostrarle al mundo que lo único que le interesa en la vida es la libertad, caiga quien caiga. Por eso yo digo que Bolívar fue el amante de Manuela Sáenz, y no al revés. Para Manuela, su amante más lujuriosa es la libertad, es la causa patriota, la América. Incluso, cuando ella tiene la posibilidad de irse no lo hace, porque es una gata montesa, una fierecilla indómita, nada logra domarla. Bolívar en todo caso lo intenta y no puede.

-Sin embargo Bolívar tuvo muchas amantes, no solo Manuela..
Bolívar era muy mujeriego. Hay una lista interminable de mujeres con las que estuvo pero él era un hombre insaciable. Pienso que en aquel entonces, estos tipos -porque hay muchos como Bolívar- que estaban tan próximos a la muerte todo el tiempo, buscaban el sexo como una pulsión de conectarse con la vida. Iban a la guerra, ponían el cuerpo en el campo de batalla y bueno, había que poner el cuerpo en la erótica también.

-Manuela Sáenz solía vestirse con su casaca de húsar, ¿eso era habitual?
No, no era algo habitual. Le gustaba provocar, por eso cuando el feminismo la toma como estandarte me parece que ella es mucho más que eso; en todo caso provocaba a hombres y mujeres por igual. Y daba batalla por igual al estigma que habían organizado alrededor de ese cuerpo, porque era una mujer carnal, salvaje, desmesurada, desaforada. Ella por ejemplo se viste de húsar para recibir el título de Caballeresa de la Orden del Sol, de manos de José de San Martín, que le dan por dar vuelta a su medio hermano (José María Sáenz), que participaba del ejército realista. Le come el coco y lo convence de pasarse al ejército patriota y por eso recibe esa distinción que era privativa de los varones. Ella andaba conspirando constantemente.

-¿Qué rol dirías que ocupó su marido, el comerciante inglés, James Thorne, en un matrimonio arreglado por su padre
-Se revela poco frente a ese matrimonio, si uno piensa cómo era ella pero usó a ese marido como salvoconducto, como pasaporte a la libertad, el ser una mujer casada la habilita a llevar adelante todo lo que hace. Y después lo deja al marido, y se lo dice en unas cartas. Él era un inglés embolante que seguramente hablaba de negocios.

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-La novela incluye la correspondencia entre Manuela y Bolívar…
-Es impresionante la posición, la preparación, la cultura que manejan en esas cartas, y la pasión. Se recitan en latín. Por eso me parece que cuando ellos se conocen encuentran uno en el otro un interlocutor. Porque si ella es loca, él también lo es. Ella es un espejo hasta que él seguramente se asusta de lo que ve. Se dejan, pero siempre vuelven. Bolívar la echa, pero luego le pide ‘ven a mí, mi Manuela’. Puedo sonar provocadora pero la pasión es así. Pretender licuar, pasteurizar -como se intenta en la actualidad- los amores y las pasiones, y pretender que sean sanas. ¿De qué salud me están hablando? El siglo XIX me tiene absolutamente encandilada justamente por la pasión, por esa lava que quema.

-Ella dice en una carta «no vivo para los prejuicios de la sociedad» y habla de «los mandatos hechos para atormentar»…
No tuvo un final feliz. Terminó sola, empobrecida, silenciada. Y hay algo que en todo caso sigue existiendo y es ese manto asqueroso de los prejuicios, del resto y seguramente también los propios, que a veces congelan o impiden seguir adelante. Lo sobrevive a Bolívar y es muy perseguida todo el tiempo, es buscada para ser boleteada y no lo logran. Además de haber sido una mujer díscola, no era cuidadosa, no le importaba nada. Coqueteó con la muerte mucho y sin embargo la encontró tarde. Vivía de riesgo en riesgo.