La charla fue tensa de principio a fin. Como en una partida de póker, nadie se animaba a sacarle la mirada al otro. Hasta que Gerardo Sofovich hizo un ligero movimiento que Norma Plá detectó con sus ojos cristalinos pero severos: el conductor de “Polémica en el bar” levanto la vista para otearle la cabellera canosa. “No me mire la peluca, porque este pelo es mío”, lo punzó Norma Plá, con una carcajada fuerte y ácida. “Le estaba mirando los ojos, le iba a decir “qué lindos ojos tiene”, pero usted seguramente lo iba a tomar a mal”, esbozó Sofovich con demora, medio groggy, buscando salir de las cuerdas. El golpe se había hecho sentir y todos los que estaban en el estudio de ATC –unas veinte personas, quizás más– rieron no tanto por gracia sino por incomodidad. Había que escaparle rápido a ese momento inesperado porque los tiempos de la tele son tiranos, y más aún si los ocupa el silencio.

En una protesta frente a la Sociedad Rural, un policía sin identificación que manejaba la misma información que Sofovich la dejó pelada de un manotazo: en ese entonces Norma sí usaba una peluca porque se estaba sometiendo a un tratamiento de quimioterapia. El bisoñé acabó en el piso en una escena denigradora y humillante. Ella acusó a los “batatas”, una fuerza de choque que no tuvo reparos en golpearla tal como hicieron otros tantos en las diversas movilizaciones que protagonizó. Pero, lejos de asustarse, Norma jamás retrocedió ante esa violencia. Y lo pagó con su vida, literalmente: acusó que el cáncer de mama que la terminaría llevando a la muerte el 18 de junio de 1996 fue producto de una de esas palizas.

Probablemente Norma Plá haya sido la única invitada en toda la historia de “Polémica en el bar” que no fue recibida con aplausos, tal como hicieron, por ejemplo, con Carlos Menem, a quien Sofovich y toda su claque le festejaban hasta la respiración. A ella, en cambio, simplemente la invitaron a la mesa, la saludaron y, sin más preámbulos, comenzaron a atorarla desde todos los rincones. La idea fue ponerla en ridículo, exponerla a contradicciones. Se quedaron con las ganas.

¿Desde qué perspectiva podemos “entender” mejor a los 90’s? ¿Cómo generar un marco teórico que habilite su comprensión por fuera de los lugares comunes? ¿Cuáles fueron sus marcas éticas y estéticas? ¿Qué huellas culturales la definen mejor? Con sus protestas iniciales frente al Congreso de la Nación (luego mudadas a Plaza Lavalle, frente al Palacio de Tribunales), Norma Plá inauguró el corte de calle como mecanismo sostenido de reclamo y visibilidad. Y despojó al jubilado de la caracterización de “clase pasiva” al ubicarlo como un actor que, en su lucha por una recomposición digna de haberes, también peleaba por instalar sus demandas en la agenda pública. El recorte de época sería incompleto sin esa mujer que nació, vivió y murió en San José, un barrio humilde de Lomas de Zamora que solo abandonaba para subirse al Roca y dirigirse adonde fuera que ella y sus seguidores decidieran agitar la calma escenografiada de los años de convertibilidad artificial. Porque conflictos había en cada esquina, pero no todos entraban en la gran dadora de sentido de esa década: la TV.

Curiosamente, la figura de una de las más férreas combativas del menemismo se multiplicó como consecuencia de una de las tantas medidas cuestionadas de ese gobierno: la privatización de servicios del Estado incluyó a los canales abiertos, instancia previa de la televisión por cable que expandió aparatos a lo largo de todo el país. De esa forma, la imagen de Norma tomando el PAMI, trepando las rejas del Congreso, quemando la bandera del Reino Unido en la puerta de la Embajada Británica, manotéandole la gorra a un Policía, haciéndole sacar patéticas lágrimas de cocodrilo a Domingo Cavallo o tirándole chorizos a los seguidores del ministro de Economía en una protesta frente a su departamento de Avenida del Libertador circulaba por los televisores de la Argentina en una época donde, entre tantas crisis, también cundió la de representatividad.

Plá se convirtió en una bandera mucho antes de que los intelectuales pudieran encontrar la forma de ubicarse a la altura del fenómeno que ella generaba. El rock orillero y suburbano –al que la inteligentzia culturosa despreciaba– la entendió mejor: «Prendo la TV y lo único que veo: a los jubilados peleando sus derechos» cantaba 2 Minutos desde Valentín Alsina, entre fábricas abandonadas y vahos de riachuelo. Una canción bien punk. Como Norma.

Por eso, su defensa de barricada en “Polémica en el bar” se convirtió en un video de culto: promediando 1994, el menemismo vivía su primavera para unos pocos, frivolizando la política con pizza y champagne más el blindaje mediático que tenía en Gerardo Sofovich a uno de sus principales escuderos. El ex interventor de ATC había comenzado la entrevista diciendo que “vamos a tratar de tener un diálogo ordenado, porque queremos escucharla”. Un cinismo perverso: a eso le sobrevino una hora de violencia simbólica y explícita.

A Norma Plá le quedaban dos años de vida, pero aún había músculo y corazón para pechearle al conductor y también a Luis Beldi, el más olfa de una mesa que además integraban los periodistas Hubo Gambini y Raúl Urtizberea. El humorista Rolo Puente, en cambio, parecía perdido: cometió el error de preguntar al aire sobre “los batatas” ante la mirada tétrica de Sofovich, quien sabía la respuesta y por eso miraba más allá de las cámaras buscando auxilio, mientras Norma ventilaba el accionar de esa patota represiva. Apenas un desatino entre decenas de provocaciones, burlas y manos levantadas cerca del rostro de Plá. Como cuando Beldi puso en duda su representatividad y le gritó que fuera a recorrer las calles. Norma volvió a reir. Y no por miedo, sino de lástima: sabía que había pisado más barro que el que todos ellos jamás habían visto en sus vidas.