El peso de la producción agropecuaria es casi la mitad que el que exhiben otros sectores, como industria y comercio, e incluso por debajo del promedio de la región. Su verdadero poder: las divisas que genera.

No es nuevo. Hace décadas que se instaló la idea de que la producción agropecuaria es la única que sostiene al país. Hace un siglo seguramente lo fue, pero hace décadas que, con excepción de su primacía –en declinación por otras actividad- en la generación de dólares, su aporte a la economía doméstica es infinitamente más reducida que la de otros sectores, como la industria y el comercio. Estos últimos aportan a la economía hasta más del doble que la actividad primaria en su conjunto, tanto en valor agregado como en generación de puestos de trabajo, incluyendo a las actividades vinculadas con la agroindustria. Ni siquiera se destaca respecto a la participación que tiene el sector en promedio para la región y el mundo. La pregunta, entonces, es por qué tienen tanto poder de fuego: a) mueven el grueso de las divisas y; b) son dueños de los alimentos y los insumos. 

Con excepción de la economía del conocimiento y el turismo, casi toda industria se inicia en la producción primaria, tanto por insumos como por generación de energía. Sin embargo, son los eslabones siguientes, producción manufacturera y comercialización, los que agregan valor y crean mayor cantidad de puestos de trabajo.

No es para nada menor su aporte al inicio de las cadenas productivas, pero a veces está sobreestimado y se discrimina a los eslabones siguientes -en muchos casos compuesto por miles de pymes atomizadas- bajo la idea de que «todo el resto se puede importar«. El resultado son granos que se exportan y vuelven al país como alimentos procesados y empaquetados, o cueros argentinos que llegan a países que son líderes en producción marroquinera, como Italia, para luego venderse en la Argentina importados a precios exorbitantes.

Seguir pensando al país como el «granero del mundo» de la mano de un puñado de terratenientes dueños de la tierra en donde se producen materias primas solo entorpece el análisis e impide que se defina una estrategia productiva que permita sustituir importaciones y generar divisas, las cuales siguen actualmente a merced del capricho de un sector del campo hiper concentrado. La re-primarización de la economía solamente beneficia a unos pocos y perjudica a casi toda la población, ya sea por aumentos de precios internos por concentración económica como por la menor creación de empleo de un segmento que no es intensivo en mano de obra. El sector primario representa más en la economía que las manufacturas de origen agropecuaria. «El aporte de 9 por ciento se distribuye en 6 y 3 por ciento respectivamente», reconoce el informe sectorial de la Fundación Agropecuaria para le Desarrollo de Argentina (FADA).

Datos matan cuentito

En economía se utiliza el concepto de valor agregado para medir el aporte de cada sector de la actividad de un país. Se trata de una magnitud que mide el valor total creado (en pesos) por un sector, país o región y refiere al conjunto de bienes y servicios que se producen durante un periodo de tiempo, descontando los impuestos indirectos y los consumos intermedios. En un ejemplo simple sería el valor que se aporta desde el precio de un alambre hasta el valor de venta de un clavo, reja o malla metálica.

De acuerdo con las cifras oficiales que releva el INDEC, el año pasado el valor agregado (a precios básicos estables) que aportó en su conjunto la agricultura, ganadería, caza y silvicultura fue de 50.198 millones de pesos, un 8,7 por ciento del total (572.874 millones). Por su parte, el aporte a la economía de la industria manufacturera fue de 115.611 millones de pesos (20 por ciento), seguido de cerca por el comercio, con 89.724 millones (16 por ciento) y transporte y comunicaciones, con 50.542 millones (8,8 por ciento).

Las actividades inmobiliarias suman 76.396 millones de pesos, con 13,3 por ciento. En el otro extremo, ejemplo del escaso aporte de las actividades extractivas a la actividad, está la explotación de minas y canteras, con 21.145 millones de pesos (3,7 por ciento); seguida por intermediación financiera, 25.337 millones (4,3 por ciento).

A nivel global, el aporte de «el campo» no se destaca en porcentaje del resto de los países como para seguir detentando el mote de «granero del mundo». Según los datos actualizados de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el aporte al PIB del sector agropecuario es en promedio del 5,9 por ciento, por debajo del que exhibe América latina (6,5 por ciento) y no muy lejos de la media mundial (4,3 por ciento).

En la misma situación por encima de ese promedio se encuentran Europa y Asia central, con 5,6 por ciento; Asia Asia oriental y el Pacífico (8,4 por ciento) y África (18,5 por ciento), según el relevamiento de la FAO sobre datos de cuentas nacionales del Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En los países de este último grupo el peso del sector en el PIB es de 1,4 por ciento.

El avance de la tecnología en el sector y la inversión en maquinaria, récord en los últimos años, no derrama en mayor generación de empleo. De acuerdo con cifras del Ministerio de Trabajo sobre empleos formales, el año pasado cerró con una participación de 0,4 puntos en el caso de las actividades primarias sobre una tasa de empleo de 43,6 por ciento al último trimestre del año pasado, frente a 8,4 puntos que aportó el comercio y 5,2 puntos de la industria.

Según el propio informe del think tank agropecuario FADA, el sector aporta, de manera directa e indirecta (es decir, incluyendo ya a la industria vinculada) unos 3,7 millones de puestos de trabajo, sobre un total de 20 millones de ocupados.

Por encima del aporte en empleo de «el campo» se encuentran casi todos los sectores. Se destacan el de la construcción (3,6 puntos), el transporte y comunicaciones (3,3 por ciento) y los servicios financieros y de alquiler (4,9 por ciento). Incluso el Estado genera más trabajo, como la administración pública y la enseñanza, ambos con un aporte al PBI del 3,8 por ciento.

La mejora en la rentabilidad del sector agropecuario, con excepción del gremio aceiteros, no derrama tampoco en salarios. Según cifras oficiales, el salario formal «por convenio» para un peón rural se ubica en 60.360 pesos (siempre teniendo en cuenta que se habla de empleos formales), para una canasta básica por hogar de 90.000 pesos. Incluso se ubica por debajo del de otros sectores, como los enrolados en comercio (84.578 pesos), en electrónica (69.322), en gastronómicos (73.65), en gráficos (76.586), en industria plástica (100.366), en químicos (108.637) o en transporte (129.314).

A esto se suma que no suelen pagarse de manera plena los salarios convenidos, lo que explica, sumado al alto grado de informalidad, que los salarios no superen en ocho de cada diez puestos, los 75.000 pesos.

Estas cifras no implican que haya que desatender a un sector clave, como es el agropecuario y, en especial, el vinculado con la producción de alimentos, por obvias razones. Pero tampoco dejar que el sector defina el rumbo del país. Qué beneficio puede tener contar con una destacada producción de materias primas en el país, si el sector se empeña en querer venderlo dentro de la Argentina al mismo valor al que lo exporta. Si es así, sería lo mismo para la industria local importar directamente el insumo.

El sector es actualmente el mayor generador de divisas. Ese es su poder desestabilizador. Esto tiene que ver con que se trata del rubro que más peso en los volúmenes vendidos al exterior de toda la economía. El sector oleaginoso participa con el 33,9 por ciento de las exportaciones, mientras que el rubro cerealero, un 17,9 por ciento. Sin embargo, no es el que más aporta en la economía en términos tributarios. Sus propias cifras dan cuenta que aportan apenas uno de cada nueve pesos de la recaudación tributaria.