Es una de las mejores actrices de su generación, acaba de ganar el Cóndor de plata por su actuación en Los Sonámbulos, la película de Paula Hernández, ha recorrido los mejores festivales de cine pero no puede evitar la estigmatización por ser feminista y decirlo, por nunca callarse la boca. En 2015, cuando comenzó el movimiento Ni Una Menos, fue una de las tres figuras que estuvo en el escenario para leer el documento y ese acontecimiento terminó de transformarla. Este año se dio de baja el proyecto de hacer en teatro Casados con hijos. Pero antes la habían echado por enfrentarse con peces gordos. Ahora, todo lo que no pudo decir en la tele lo dice en el Konex con ¿Qué pasa hoy acá? junto a Martín Rechimuzzi.

Hay una escena que parpadea en la memoria al final de la entrevista con Erica Rivas, como si estuviera alumbrada por flashes de alfombra roja. Pero la actriz que ha caminado por las rutas bermellón de Cannes, San Sebastián y Berlín no está saludando con su sonrisa radiante a los paparazzis y está bien lejos de viajes y festivales. En la escena que titila, ella está sentada sola frente a un importante productor de contenidos audiovisuales al fondo de un bar elegante donde apenas llega la luz natural de las ventanas. El productor gesticula, levanta la voz, golpea la mesa. Erica se esfuerza por disimular el puchero de sus labios, transpira, los ojos se le hacen más grandes de lo que son y el camafeo que cierra su camisa empieza a ahogarla. En torno al rodete que se hizo ese día una aureola de frizz empieza a iluminarse. “¿Cómo vas a poner una duda sobre un producto que te dio de comer?”, era el reto principal seguido por una serie de imperativas instrucciones sobre lo que debía hacer en adelante cuando le propusieran una entrevista sobre María Elena Fusenesco, el personaje que Rivas encarnó por varios años en la comedia Casados con Hijos y que en 2020 había anunciado su versión teatral. “Era una duda desde mis ganas de hacer el personaje”, dice rememorando el final de la escena que entonces la hizo sufrir pero ahora le causa gracia. Porque en un momento se paró para ir al baño, para tomar aire, para secarse la transpiración que le corría desde el escote hasta los pies. Y ahí se miró en el espejo y se dio cuenta: “¡Parecía Simone de Beauvoir! No sé por qué me había vestido así, pero era como si la estuviera convocando para que venga en mi ayuda”, dice muerta de risa.

Hay una escena que parpadea en la memoria al final de la entrevista con Erica Rivas, como si estuviera alumbrada por flashes de alfombra roja. Pero la actriz que ha caminado por las rutas bermellón de Cannes, San Sebastián y Berlín no está saludando con su sonrisa radiante a los paparazzis y está bien lejos de viajes y festivales. En la escena que titila, ella está sentada sola frente a un importante productor de contenidos audiovisuales al fondo de un bar elegante donde apenas llega la luz natural de las ventanas. El productor gesticula, levanta la voz, golpea la mesa. Erica se esfuerza por disimular el puchero de sus labios, transpira, los ojos se le hacen más grandes de lo que son y el camafeo que cierra su camisa empieza a ahogarla. En torno al rodete que se hizo ese día una aureola de frizz empieza a iluminarse. “¿Cómo vas a poner una duda sobre un producto que te dio de comer?”, era el reto principal seguido por una serie de imperativas instrucciones sobre lo que debía hacer en adelante cuando le propusieran una entrevista sobre María Elena Fusenesco, el personaje que Rivas encarnó por varios años en la comedia Casados con Hijos y que en 2020 había anunciado su versión teatral. “Era una duda desde mis ganas de hacer el personaje”, dice rememorando el final de la escena que entonces la hizo sufrir pero ahora le causa gracia. Porque en un momento se paró para ir al baño, para tomar aire, para secarse la transpiración que le corría desde el escote hasta los pies. Y ahí se miró en el espejo y se dio cuenta: “¡Parecía Simone de Beauvoir! No sé por qué me había vestido así, pero era como si la estuviera convocando para que venga en mi ayuda”, dice muerta de risa.

¿La obra del Konex surge directamente como un homenaje a Urdapilleta?

–En realidad surgió cuando lo conocí a Martín, me flasheó enseguida, es alguien muy especial. Es un cuerpo muy disponible para la actuación, una voz, una imaginación… me encantaban los personajes que hacía en la radio. En el escenario me hacía acordar a Urda, por esas ganas que te dan de que aparezca…

¿Por qué le llaman happening a la obra?

–Porque todo el tiempo estamos cambiando cosas, incorporando textos, pensando en esa época que nos inspira tanto, ese teatro del principio de la democracia y de los 90. Martín de hecho no lo había visto nunca a Urda en teatro. Y yo también lo vi un poco de refilón porque lo conocí cuando ya estaba terminando ese tipo de teatro. Me acuerdo de una puesta en Ave Porco, que caía por una escalera. Y me enamoré de inmediato ¿qué era eso, por favor? Ese cacho de actor, ese perro desatado en escena. Es un espíritu que nació y cambió todo en la actuación. Y ahora nos da la libertad de recrear. Porque yo me lo imagino mirando lo que hacemos y gritando: “¡Cállense la boca, qué están haciendo!” Me acuerdo que una vez vino a ver una obra en la que estaba y nos dijo: “Si yo me muero, ustedes no me hagan ningún homenaje, ningún homenaje!”

En ¿Qué pasa hoy acá? hay una presencia muy fuerte de la muerte, de las personas que faltan. ¿Es algo buscado o se impuso por la época?

–Con Martín empezamos trabajando antes de la pandemia y resultó que nos imaginamos cosas que no pudimos hacer porque eran demasiado literales. Nos imaginábamos ambulancias sonando afuera, que no se podía salir, que había que buscar comida. Y cuando empezó nos dimos cuenta que no podíamos hacer eso porque era lo que estaba pasando. Además de que se cerraron todos los teatros. Pero seguimos pensando y armando sketchs y nos pasaba algo muy loco: se nos ocurría un nombre para un personaje y resultaba que era el nombre de una abuela… se nos aparecían fantasmas. Creo es algo de esta época en que supimos colectivamente de tantas muertes. Y en eso se parece a los 90, donde también se morían pares por el sida. Esa aparición de fantasmas también encaja con el misterio del teatro, de la representación, lo que dice Lorca de estar convocando, que venga el duende que aparezca. Y bueno, nos dábamos cuenta de que lo que hacíamos tenía que ver con la muerte pero también con el amor. Esa posibilidad de divertirse, de volver a reanimar, convocar las frases de la gente querida, de la que ya no está… a mí me hizo acordar mucho de cuando lo conocí a Urda.

No sé cómo se llevaría él con temas como los que ustedes tocan, el amor “deconstruido”, por ejemplo.

–Urda diría todo el tiempo que esto está podrido y se quedaría ahí. Nosotros tenemos la necesidad de tirar algo más luminoso. Porque sí es triste, es la muerte lo que ronda pero necesitamos tirar algo más. No queremos que sea puro duelo. Aunque dejamos el lugar de quienes faltan, explícitamente.

Sin ánimo de spoilear, hay uno de los sketch que tiene un final inesperado y tiene que ver con la muerte, te deja un poco con la risa congelada.

–Al principio era un pacto suicida, éramos como unas hermanas Lilly Süllos ¿te acordas?, que no digo que no lo vamos a hacer en algún momento. Diana Szeinblum que trabaja con nosotres el lenguaje corporal nos decía “¿pero por qué hacen eso?” Y nosotros: “Es un capricho”. Yo misma dudaba pero Martín segurísimo. Incluso hemos encontrado chistes para después de ese momento trágico y él no los quiere hacer. Que se queden ahí, quedémonos ahí un rato. Hay duelos que hacer y esta época parece que de a ratos los elude. Por eso este happening también es sobre la muerte, sobre quienes faltan. Invocando esas presencias para que nos ayuden en este momento, no sólo de pandemia sino para cambiar algo en la escena. Y es algo que también tiene el teatro, que es resucitar todas las veces, reinventar el amor, volver a hacerlo divertido, volver a despertarse y mirarse otra vez con esa inocencia y chequear si sigue pasando o no.

El arte de incomodar

En el libro Vivir una vida feminista, su autora, Sara Ahmed abunda en la figura de la “feminista aguafiestas”, la que incomoda, la que no puede quedarse callada ni en la mesa familiar para que la fiesta siga en paz. Rebelarse contra un mundo que expulsa es, en poquísimas palabras, la esencia de ser feminista. Érica Rivas es una de esas feministas incómodas y como también dice Amed, “no es de extrañar que de miedo”. Al menos en el mundo de la actuación –sea el cine o el teatro- a Érica la precede su “fama”. “Yo siempre tuve fama de loca, de problemática. Porque tengo problemas para desnudarme en cámara ¿y soy yo la problemática? O porque no quiero quedarme callada”, dice. Más que fama, lo que padece de parte del mainstream es estigmatización. Y el año pasado, ciertos medios del espectáculo se hicieron un festival de la agresión contra ella después de haber sido echada del proyecto Casados con hijos en teatro.

— Eso es algo que quiero que quede claro, yo no me fui, yo quería hacer ese proyecto, a mí me echaron. Me sacaron de las fotos de promoción, de la marquesina del teatro que ya estaba lista. Y lo hicieron por whatsapp a la vez que hacían público un mail privado. Mirá lo que es el pacto de hombres, porque se lo mandé a hombres –los productores, los guionistas (Axel Kuschevatzky y Diego Alarcón) y el director (Guillermo Francella, también protagonista) eran todos hombres- después de haber hablado con todos y cada uno. Y eso no fue dicho. No tenía ningún aliado. Porque cuando hicimos la serie en la televisión dirigía Claudio Ferrari y él es un tipo que le gusta el teatro, que a mí me ayudó muchísimo a montar el personaje, a decir lo que quería decir…

Porque María Elena siempre fue feminista.

–Sí, eran las feministas de esa época. Las que yo conocía quizás también, de la facultad o señoras grandes peleando por algo que nadie las oía. Y a mí también me pasaba en la facultad que escuchaba a Freud y no podía creer que nadie dijera nada, éramos 98 por ciento de mujeres y nadie decía nada. Recién después, cuando las conocí a Liliana Felipe y Jesusa Rodriguez, cuando conocí a directoras y guionistas más del palo, empecé a entrar en otro lugar, en otro ambiente donde se podía pensar de otra manera. Antes de Ni Una Menos éramos poquitas las feministas, más entre las actrices. Ahora mismo me siento bastante sola pero en aquel momento era mucho más difícil todavía. Trataba de decir algo en lugares que eran la boca del lobo. Todo el tiempo pensando cómo decir algo y que llegue, que se entienda, como tirar las bombas en lugares incómodos. Y en eso Claudio era genial. Pero en la obra de teatro no estaba Claudio. Y el momento había cambiado.

¿No tenían ningún aggiornamiento los guiones?

–No, pero además yo lo que pedía era que buscáramos opiniones, una asesoría. Porque a mí me decían: “Vos no te preocupes por vos, María Elena va a estar bien”. Pero no era un problema para mí, era también ver el contexto de ese personaje. Ese mail lo mandé después de que me llegaran unos mini guiones para hacer avances por radio y la verdad es que no entiendo cómo a esta altura de la historia vamos a seguir riéndonos de los bigotes de una mujer. O más bien, te podrías reír pero ese no puede ser el remate del chiste porque ya no es gracioso, más bien podría ser gracioso que haya dinosaurios que se ríen de eso. María Elena no se quedaría nunca callada si le hablan de los bigotes, habría que seguirlo un poco más. Menos ahora. Pensando en Urda, bien podría romper todo, escenografía todo… Era agresivo el mail, no digo que no, pero era privado.

El problema es la lectura pública y los comentarios

–Sí, pero sobre todo que eso lo filtren para insistir en que yo me fui de Casados con Hijos. Y yo no me fui, a veces me felicitan por haberme ido. Y no, no me fui. ¡Me echaron! Intenté hasta último momento y me dijeron que no. Porque el personaje tiene una vigencia, con muchos errores, obvio, porque era otra época y porque me pasaron cosas. Que me convocaran para estar arriba del escenario del primer Ni Una Menos fue muy emocionante, ver lo que pasó ahí en esa marcha fue un descubrimiento muy emocionante. Y de repente bueno, esto no puede seguir de la misma manera…

El público tampoco está ajeno a esas transformaciones.

–No, no, me pasaron esos avances y hablé antes del mail con cada uno, director, actores, productores, guionistas diciéndoles por favor, pensemos bien, es importante… y lo que me contestaban era que me quede tranquila que iba a ir un montón de gente que quería ver el mismo Casados con hijos. Pero justamente, es una oportunidad y una responsabilidad para mí no cristalizar las cosas como si no hubiera cambiado el mundo. Yo quería estar, ocupar ese espacio, que esté mi personaje ahí, ver qué le pasaría ahora. Y me tuve que morfar un montón de cosas. Me tuve que morfar que me digan feminazi. Y yo soy la loca, histérica, la diva. Casados con hijos es interesante, es una bomba sobre la familia. Si vos ves la comedia original, es tremenda, es ácida. Ahora si lo que vas a decir es “la familia es lo primero”… y no, no es eso. Se quedaba en los bigotes de la mina y jaja. Listo.

En toda la comunicación sobre esa obra fallida, porque finalmente no se va a hacer, ese tratamiento de loca fue la constante.

–Desde la tele me decían: “Sos actriz, si te dan para decir lo que sea vos tenés que decirlo”. ¡Y no! Hasta el trabajo mismo bastardeado. La loca era yo. Lo mismo que pasó con Ricardo. Y con la sensación al principio de “che, qué cagada que no estamos en un colectivo de actrices que puedan darle marco a esto que no es para mí sola”.

Lo que pasa que la serie está en un límite donde puede pasar que la acidez de la que vos hablás se diluya. Hay otros personajes problemáticos.

–Y sí, por ejemplo yo preguntaba ¿qué va a pasar con una chica que se prostituye? Es una discusión del feminismo desde hace mil años y que en el último tiempo ocupó mucho lugar en la agenda. ¿Se iban a meter en eso sin preguntar a nadie? ¿de verdad? ¿ahora? ¿Qué van a decir de esto, se van a reír de una puta? Hay que tomar decisiones políticas, el contexto cambió, por eso yo tuve que abrir mi posición política. Antes, como te decía, estaba en la boca del lobo y trataba de hablar con cada quien para ir viendo con cuidado.

¿Y la respuesta cual fue?

–Y… me comí que el director me dijera feminazi, que estaba demasiado alterada. Y mi transpiración llegaba desde el cuello a los pies. Me decían, bueno, no te preocupes que nos ponemos el pañuelo. Pero es mucho más que eso. Incluso en una de las reuniones que tuve les dije. “A mí me parece bárbaro Casados con hijos porque es una crítica a la familia de verdad. Es una familia disfuncional, nadie quiere estar ahí. Es decir, la familia puede ser una mierda a veces”. Y me contestaron: “¿Sabés que no lo había pensado?” ¿Y de qué creían que se trataba?

¿Cómo reaccionaste cuando Francella te dijo feminazi?

–Y lo que me salió fue decir: “Mirá, estás equivocado. Yo te aconsejo que no lo digas nunca más. Esta palabra no la digas nunca más”. Eran reuniones con peces gordos. Producción, dirección, algunos diciéndome sí, tenés razón, claro. Y después me llega ese guión donde el único chiste es que una mujer no se depila. Te digo que el mail que mandé era más largo y no se animaron a leerlo (se ríe) Es agresivo, es verdad, pero porque venía muy cansada, de muchas conversaciones.

Pero además, no leer la acidez que proponía la serie de sony

–¡Qué fuera de contexto seguir riéndose de que una mina no se depile! Yo tiré el nombre de Malena Pichot, de Charo López, de un montón de gente que hace humor feminista. Porque todo cambió mucho y hay mucha gente que escribe. Porque cuando me decían “no te procupes que María Elena es feminista” ¿cómo sería María Elena ahora? ¿Cómo piensan que es? Una mujer que está con miles atrás, ya no es una loca sola. Entonces, ahí tiene que haber una pregunta. Antes era eso, la loca, la borracha, que tal vez era ese momento, aunque sea la sensación de estar solas y sentirse una bruja, vieja, loca, puteando contra el mundo. Pero ahora hay un montón de pibas jóvenes que te cambian el discurso y a la vez nos encontramos con las viejas en la calle, les agradecemos, las volvemos a estudiar. Ya no es lo mismo.

Pero el nivel de revancha permanece.

–Y sí, que me echen por feminista, eso ya es mucho. Me echaron por ser feminista que para ellos era ser hinchapelotas. De hecho me decían, no seas pan amargo. Porque era la hinchapelotas que les marcaba cosas.

¿Y te dolió?

–¡Mucho! Sobre todo por la falta de apoyo colectivo. Porque queda esa sensación de “vos con lo hinchapelotas que sos, vas a poder sola” ¿Y sabés que no? No pude. Yo también quería ocupar ese espacio de masividad, de representación. Me parece importante, me parece que se podría haber dicho algo acorde con nuestras luchas. Porque siempre se puede decir, pelearla desde adentro. Pero solas podemos. Eran todos hombres, los productores, los guionistas, la dirección… entonces ¿cómo no buscar otra mirada? ¿No podían poner a UNA mina? No, no. Que se vaya la pan amargo. No vengas a pincharnos el globo. Yo me sentía como en esas reuniones donde decís, “che, a ver si un día lavan los platos ustedes. Y te dicen ¡uhhh qué hincha pelotas! Así me sentía. Porque, chicos, estaba diciendo una boludez, algo lógico, que se cae de maduro, no estaba rompiendo todo. Tal vez hubiera tenido que hacerlo.

 

En cambio, Érica Rivas hizo su propia historia, inventó –para seguir a Sara Ahmed- “otras formas de ser cuando tenemos que luchar para ser”. La historia de la creatividad.