En un proceso de lesa humanidad se juzgará la desaparición de dos estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Información. Sus historias y el recuerdo de sus compañeros.

Aunque restaban aún cuarenta días para el invierno, la madrugada del 11 de mayo de 1976 el frío apretaba en Córdoba. La represión ilegal, también: cada noche los autos operativos surcaban la ciudad en una cacería organizada, que secuestraba a personas para hacerlas desaparecer en el infierno de la degradación humana montado en los centros clandestinos de detención.

Esa noche, el allanamiento de la casa y negocio familiar cambiaría la vida de María Ester Damora para siempre. Hacía dos meses que la joven de 23 años se había casado con José García, y aunque vivían en Unquillo, “estábamos más en Córdoba que otra cosa”. Esa madrugada de terror, que a María Ester aún le cuesta rememorar, una patota de veinte efectivos “reventó” la vivienda de Bedoya 66 para secuestrar a su esposo y a su hermana Yolanda, de 20 años. 

La joven, única sobreviviente de aquel trió de estudiantes de la ECI (hoy Facultad de Ciencias de la Comunicación), recuerda que cuando los intrusos reventaron la puerta de entrada y se descolgaron por los techos, sus padres dormían al fondo, su hermana descansaba en una habitación del primer piso, José renegaba con unos medicamentos en el baño y ella miraba televisión.

Esa escena común y corriente a cualquier casa de familia fue interrumpida por los represores, que habían llegado hasta Alta Córdoba en cuatro Falcon y un Torino para robar todo lo que pudieran y llevarse las presas que habían ido a buscar.

“Escuché los ruidos y vi que eran como 20. Mi papá quiso vestirse, pero le pusieron el pantalón en la cabeza; mi mamá dijo siempre que había podido ver uniformes. Todo el operativo duró no más de media hora y pude ver cómo se llevaban hasta un cajón para poner las cosas robadas”. 

Los días, meses y años siguientes serían de averiguaciones, habeas corpus y testimonios. De José García y Yolanda Damora nunca más se supo.

En la efervescencia política de los primeros ´70, se instaló en Córdoba la demanda social para abrir una Facultad de Periodismo que -en la mirada estudiantil- bregara por una Comunicación Popular Para la Liberación. “Nuestra Escuelita se abrió en el segundo semestre del ´72, con gran participación política; los estudiantes éramos un grupo relativamente chico en el que todos nos conocíamos, estudiábamos y rendíamos en grupos”, cuenta Liliana Arraya, integrante de aquella cohorte inaugural.

“La vida comunitaria era intensa, y desde el centro de estudiantes se estimulaban todo tipo de discusiones, como la modificación del plan de estudios o el tipo de periodismo que queríamos hacer”, completa.

María Ester ingresó a la ECI en el 73, y recuerda que con su hermana Yolanda “estábamos un cuatrimestre desfasadas” con relación al primer grupo, pero que todos se mezclaban. “Ahí lo conocí a José”, rememora.
La época era álgida: pasaba de un acto con dos sobrevivientes de la masacre de Trelew y de ponerle ese nombre al edificio de Vélez Sarsfield y Caseros, a experiencias de contrainformación y actividades de apoyo al gobierno socialista de Salvador Allende. “Hasta que en el ´74 vino la traición”, recuerda el docente Julio Ataide refiriéndose al Navarrazo, la asonada policial que cambió las reglas de juego. “El clima comenzó a espesarse”, coincide Arraya, y recuerda “las movilizaciones contra la política universitaria de Ivanissevich y los crímenes de la Triple A y los Comandos Libertadores de América”.

Directa, Ester es clara: “Para la oficialidad, la Escuelita era un nido de comunistas”.


Las vidas que arrebataron

A García y Damora sus compañeros los recuerdan por sus segundos nombres, Mabel y Alberto (o Juan), y por sus militancias en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Eugenia Monti, parte también de aquel grupo “fundador”, menta a José como “alto, ligeramente encorvado, con su pelo siempre prolijo, muy corto” y “siempre amable, un buenazo”. Arraya señala que el muchacho –estaba por ingresar a Ferrocarriles Argentinos como señalero, igual que su padre- tenía “el aspecto de un chico serio, mayor, que no vestía a la moda, no usaba mocasines, pelo largo ni camisas verde oliva. A lo sumo un vaquero que no llegaba a disimular que lo suyo era antiguo, de otro tiempo”. Y cuenta que García “militaba en el PRT, y no lo ocultaba: distribuía la prensa; volanteaba en las puertas de fábrica, llevaba y traía paquetes en su moto, subía y bajaba por las calles de la ciudad. Siempre atareado, siempre dispuesto”.

La semblanza alcanza también a Yolanda, recordada por Monti como “radiante” y por Arraya como una joven de cabello muy largo que “parecía distante, pero era de andar pensando hondo”, y que “escuchaba y tejía, tejía, y hablaba bajo, con timidez pero transmitiendo serenidad”.

Julio Ataide, actual docente universitario, no trató especialmente a los dos compañeros, pero encaró una tarea clave: el rescate de las historias de 55 ex estudiantes de la ECI detenidos-desaparecidos, plasmadas en un mural en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Fue uno de los tantos homenajes a aquellos jóvenes, como la placa colocada en 1996 en el viejo edificio de Vélez Sarsfield o la Baldosa de la Memoria instalada en 2012 en la casa donde ocurrió el secuestro.

A días del inicio del juicio por la causa Diedrichs-Herrera, que tiene 22 imputados por estos y otros crímenes de lesa humanidad, los compañeros de Damora y García destacan que “después de 44 años se hará justicia y volveremos a tenerlos con nosotros”. 

“Recordarlos es una forma de decirnos a nosotros mismos que ellos y los sueños que compartimos siguen estando pendientes”, completan. Un peldaño más en el camino de Memoria, Verdad y Justicia, para aquella generación que lo dio todo, hasta la vida, por una Argentina distinta.