Una de las playas más populares de nuestro pueblo es la playa Copacabana donde está la torre y que debe su nombre al viejo hotel que se ubicaba en ese lugar, lo que pocos saben es que su propietario fue un criminal de guerra Nazi . Su nombre era Ante Elez, buscamos su historia en internet y la contamos.


Ante Elez
Bajo un árbol no demasiado añoso, encontramos su
tumba en el cementerio de Miramar.
La lápida, de granito gris oscuro, con forma de
«L» acostada y una placa de hierro algo
corroída en los bordes, es escueta. Dice muy poco sobre
el hombre que
allí descansa en paz. Sólo su nombre, su apellido y
fecha de fallecimiento:
ANTE ELEZ
Q.E.P.D.
( 23 – VII – 95
Elez era de nacionalidad
croata y llegó a la Argentina el 1 de abril de 1947, a
bordo de un barco llamado Philippa, de bandera
panameña, que había zarpado del puerto italiano de
Génova el 5 de marzo.[10] Un inmigrante
más entre tantos que probaron suerte en estas lejanas
tierras; y todo parece indicar que él sí
la tuvo. Fue un reconocido vecino de la comunidad y
propietario de un hotel (El Copacabana) de famoso
prestigio en el balneario, durante la década de 1960.
Vivió tranquilo, aunque de seguro debió angustiarse
bastante cuando su hotel terminó sumergido bajo las aguas
del Mar de Ansenuza, como consecuencia de las inundaciones
sufridas entre 1977 y 1985.
¿Quién era este singular personaje, que sin
importar el clima se paseaba
siempre de sobretodo y sombrero por la costa de Miramar?
¿Qué hacía es ese recóndito
rincón del planeta? ¿Qué lo movilizó
a dejar sus tierra natal y
convertirse en un inmigrante?
Para responder estas cuestiones es necesario cruzar el
Atlántico, hacer el camino inverso de Elez, y ubicarnos en
la parte oriental de Europa,
más concretamente en Yugoslavia, un país nuevo por
entonces, creado en las mesas de negociaciones que se organizaron
tras la derrota alemana en la Primer Guerra Mundial (1918). De
allí vino «don Antonio», como lo
llamaban, españolizando su nombre de pila. Claro que, con
toda seguridad, se hubiera incomodado mucho al ser etiquetado de
«yugoslavo». No debió estar
cómodo con esa identidad.
Él era y se sentía croata. Detestaba
cualquier asociación que se le hiciera con ese país
artificial que abominaba, como la mayoría de los croatas
asilados en Argentina.
El reino de Yugoslavia no fue bienvenido al momento de su
creación, tras la Gran Guerra de 1914-1918. La
nación
croata, católica y rodeada de pueblos ortodoxos y musulmanes
(una verdadera joya para el Vaticano), se negó
desde el principio a ser parte integrante del nuevo Estado y bajo
el liderazgo de
un fanático nacionalista llamado Ante Pavelic se
fue gestando un partido político ultracatólico,
conservador y anticomunista, denominado Ustasha, Ustacha o
Ustasa, según las distintas nomenclaturas.
La Ustacha reclamaba lisa y llanamente la independencia
de Croacia, para concretar el gran sueño de establecer un
país ciento por ciento católico y ajeno a cualquier
otra «raza impura» que pudiera
contaminarlos. Con ese fin en mente, Ustacha
lanzó en Yugoslavia (gobernada por el Rey Alejandro) toda
una campaña de acciones
terroristas que terminaron con el asesinato del monarca en 1934.
Unos años más tarde, el régimen de Adolf
Hitler (con quien simpatizaban) invadió el país, lo
disolvió y lo repartió entre sus aliados. Ante
Pavelic pasó de esa manera a ser el nuevo
Pogalnik (Führer) de una Croacia independiente, el
10 de abril de 1941.
Fanáticos y violentos, los miembros de Ustacha
desplegaron un programa de
aniquilación sin precedentes. Inauguraron varios campos de
concentración y de exterminio e iniciaron la esperada
«limpieza étnica». Como resultado de
ella, se estima que 32.000 judíos,
40.000 gitanos y 250.000 serbios ortodoxos perecieron en manos de
los hombres de Pavelic. Fueron peor que los nazis, y eso es decir
mucho.
Hay testimonios de oficiales de las SS que se
«horrorizaron» por las salvajadas que los croatas
practicaban en sus campos. En el mes de agosto de 1941 el general
Edmund Glaise von Horstenau, representante del ejército
alemán en Croacia, informaba a Berlín de que
200.000 servios habían «sido víctimas de
los instintos animales
desatados por los líderes de la
Ustasa».[11] En otro informe dirigido
a Himmler, los agentes nazis notificaban que los ustasi
«cometían aquellos actos de una manera bestial,
no sólo contra los hombres en edad militar, sino
especialmente contra los ancianos, mujeres y niños
indefensos. El número de ortodoxos que los croatas han
asesinado y torturado sádicamente hasta la muerte es
de unos 300.000».[12] Los
cálculos estimativos totales alcanzan la tremenda cifra de
700.000 seres humanos aniquilados entre 1941 y 1945.
¿Qué hizo la Iglesia Croata
y el Vaticano ante semejante monstruosidad practicada por un
régimen católico? ¿Cómo
reaccionó?
La Sede de San Pedro actuó con gran
«diplomacia» y «espíritu conciliador«.
Hizo poco y nada. El Papa Pío XII no condenó las
políticas raciales criminales de nazis ni
ustachas, pero tampoco les dio un apoyo manifiesto. Simplemente,
miró para otro lado. Pecó por
omisión y especuló con que esos anticomunistas
acérrimos pudieran en el futuro frenar el avance de la
atea Unión Soviética[13]Mientras
tanto, decenas de miles de personas eran degolladas, ahorcadas,
quemadas vivas, descuartizadas, molidas a golpes o abandonadas a
la inanición en campos de concentración como el de
Jansenovac.
La Iglesia Católica Croata, por el contrario,
dejó los hábitos y se calzó directamente los
uniformes ustachas para regentear los campos de
exterminio. Sacerdotes y frailes católicos se lanzaron a
perseguir y exterminar judíos y curas ortodoxos con
saña y virulento fanatismo.[14]
Tenían razón sus colegas criminales de Alemania:
«eran bestias».[15]
Entretanto, Ante Pavelic, seguía codeándose
regularmente con el Papa, su secretario y otras dignidades de
Roma.
Pero en mayo de 1945 la situación cambió. Hitler
se suicidó y Alemania se rindió sin condiciones
ante los aliados. Los ustachas se quedaron solos y ante el avance
soviético desde el este y la amenaza de los partisanos del
Mariscal Tito en el interior, Pavelic y un grupo
importante de criminales croatas, empezó a organizar la
fuga de Europa, no sin antes apropiarse de un buen botín
en oro y divisas, derivado
de las expropiaciones realizadas a sus víctimas.
Como era de esperar, el Poglavnik de Zagreb (capital
de Croacia) recibió ayuda. La misma venía del
Vaticano y de un sacerdote en particular, el padre Krunoslav
Draganovic, amigo personal de
Pavelic y coronel de la Ustacha.
Draganovic era fraile franciscano y secretario del
arzobispo de Sarajevo, Aloysius Stepinac, representante
de la Cruz Roja Croata. Considerado como «el
mayor traficante de nazis del Vaticano después de la
guerra», Draganovic era —desde 1943— el
director del Seminario de San Girolamo, en Roma, a donde
había sido promovido por sus buenas acciones mientras era
empleado del Ministerio de Colonización Interna de Croacia
(encargado de la expropiación de propiedades y tierras a
todos los servios ortodoxos). Por otra parte, su hermano
trabajaba en la embajada Croata de Berlín. El fraile
estaba bien conectado.
El seminario que
regenteaba —San Girolamo— era una inmensa propiedad
de monjes croatas que servía de refugio a centenares de
criminales de guerra (nazis y ustachas) antes de que éstos
encontraran los medios para
escapar de los tribunales aliados. Por allí pasaron
célebres asesinos, entre ellos el propio Pavelic quien,
tras escapar de su país en 1945 y pasar una temporada bajo
la protección británica en Austria, había
recalado en Roma, hacia 1946. Un tiempo más tarde,
terminó por zarpar hacia la Argentina, adonde llegó
el 11 de noviembre de 1948. En nuestro país una
delegación muy numerosa de ustachas lo
esperaba.[16] Ex-ministros, generales y simples
torturadores (bien protegidos por el régimen peronista)
aguardaban el arribo del líder;
quien de inmediato organizó el Gobierno Croata en el
exilio y puso gran parte del dinero (tesoro) robado
en desestabilizar el gobierno de Tito,
en la reunificada Yugoslavia de la posguerra.
En aquellos días, Ante Elez ya tenía
casi un año residiendo en nuestro
país.[17] Sus datos figuran en la Dirección General de Migraciones, portando
el pasaporte 231133 y aduciendo ser colono croata. Pero lo que
ese expediente no dice es que Elez había sido oficial del
ejército de Pavelic y teniente del campo de exterminio de
Jasenovac, además de subordinado del criminal croata Dinko
Sakic.[18] Las autoridades yugoslavas reclamaron
su captura desde una fecha tan temprana como 1946. Pero fue en
vano. Todo un inmoral aparato de ocultamiento, desidia y
complicidades hizo que don «Antonio» Elez terminara
instalándose como hotelero en el pueblo de Miramar y
encontrando su lugar en mundo, donde vivió
tranquilo hasta el día de su muerte en 1995.
Según me comentaron vecinos del pueblo, el viejo
ustacha solía jactarse de haber sido parte del grupo
que rescatara al dictador Benito Mussolini del Monte Sasso con
asistencia de los nazis (de seguro una exageración) y de
haber liquidado a judíos y curas ortodoxos durante sus
días de patriota.
Actualmente, de toda esta historia tan llena de baches,
sólo queda una desgastada lápida en el cementerio
de Miramar.






